El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Partió entonces sendero arriba a paso ligero. Los otros le siguieron en simple fila. San Sabe marchaba a la cola. Texas no se detuvo hasta que pasó un recodo del río. Entonces escuchó. El mugido del ganado se levantaba en el aire quieto y cálido. Brite calculó que estarían, cuando más, a una milla del lugar que Hite había elegido para cruzar.
El valle se había ensanchado. En la orilla opuesta del río, el borde del risco se iba rebajando gradualmente para cesar a distancia. Texas enderezó pronto la marcha al interior del arbolado. Aquí la maleza estorbaba el paso, hasta que surgieron sobre la orilla arenosa del río. Éste era aquí estrecho y vadoso, y fluía con un gorgoteo y un murmullo. A juzgar por la arena húmeda y los hierbajos, el nivel había bajado varios pies durante la noche. Por entonces era ya día claro, aunque el cielo no estaba tan claro como de costumbre. Nubes borrosas presagiaban lluvia.
Texas siguió a paso ligero manteniéndose al abrigo de los sauces y deteniéndose a escuchar cada cien pasos, más o menos. Al fin dobló hacia un rincón, para detenerse diciendo en voz baja:
―¡Chist…! ¡Mirad!