El Conductor de Manadas

El Conductor de Manadas

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El sol se ocultó envuelto en un resplandor rojizo, y el crepúsculo se fue acumulando sobre el Oeste, caluroso y amenazante. Sordo resonar de truenos anunciaba la tormenta, cada vez más cercana, y los relámpagos cruzaban como hojas de fuego el horizonte sombrío. El silencio, la ausencia del más leve movimiento en el aire, la gestante espera de la Naturaleza, no eran propicios para que la caravana se aventurara a campo raso. Brite informó a las chicas que las tormentas eléctricas, frecuentes en aquella latitud del Estado de Texas, eran el azote de los conductores de manadas; de hecho, más temidas que los búfalos y los pieles rojas.

―Pero ¿por qué? ―preguntó Ann Hardy, con extrañeza.

―En primer lugar, se las teme simple y naturalmente; y luego enloquecen los caballos y el ganado. Fred Bell, un conductor que yo conozco, dijo que había sido alcanzado por una tormenta cerca del Canadiense, y que los rayos le mataron treinta y siete cabezas de ganado y un jinete.

Reddie no se sintió menos sobrecogida que Ann, e hizo votos de rogar a Dios que les librara de una tempestad igual.


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