El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas ―¡Ah, parece increíble! Cuatro hombres del equipo de Hite tendidos a lo largo del sendero, en un círculo. Yo no llegué sino a la mitad de ese círculo.
Reddie tragó saliva con dificultad y se quedó callada. Siguieron adelante, ahora con los ojos fijos en la ondulada y engañadora distancia de la llanura. Los búfalos aparecían a trechos formando parches oscuros sobre el verdor, fuera del sendero. Las colinas de púrpura se alzaban como señales, y detrás de ellas descollaban, borrosas en el aire claro, las montañas de Wichita. A la derecha, la llanura se iba inclinando hasta fundirse en el horizonte. Y las que parecieron horas de ansiedad fueron pasando con el girar de las ruedas, el trote de los caballos y la labor de los conductores apremiando a la morosa remuda hacia delante.
―¡Mirad allá delante! ―gritó Reddie, con voz chillona.
Smiling Pete se levantó sobre su galera, agitando su sombrero. Sus enérgicos movimientos podían ser atribuidos tanto a la alegría como a la alarma.
―¡Reddie! Pete ve a nuestros compañeros con la manada… O bien una banda de comanches. ¿Cuál de las dos cosas será?