El Conductor de Manadas

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«¿Eres tú, Bill? ¿Has oído un disparo?». Le contesté que sí y seguí adelante. La noche era oscura como el carbón, excepto cuando venían los relámpagos. Yo me había acercado a este jinete cuando todo el cielo parecía en llamas. Él gritó: «¡Rayos! ¡Quién…!». Pero no tuvo tiempo de decir más. Yo seguí adelante, como al tanteo, tropezando con el ganado. Si se espantaban, me arrollarían. No llovía. El agua caía simplemente a chorros. Yo no veía a más de veinte pasos, y no oía más que viento, lluvia y truenos. Luego vi otro guarda. Lo vi claramente. Pero el próximo relámpago fue corto, y cuando disparé lo hice a oscuras. Cuando relampagueó de nuevo, vi un caballo tumbado y el jinete poniéndose en pie. De nuevo volvió la oscuridad con la misma rapidez con que hice fuego. Y él contestó al disparo, pues vi el fogonazo y oí la detonación. Pero no dio en el blanco. Y yo tampoco. La próxima vez no pude verle, de modo que seguí adelante… Después de esto, se hacía claro como el día durante varios segundos cada vez. Pero no encontré más guardas. Mucho tiempo después de lo que esperaba, vi ondear la bandera blanca en el sombrero de Pan, y no puedo decirle lo que me alegré. Nos encontramos y cambiamos gritos; entonces, a los cornilargos les dio por correr. ¡Justamente contra nosotros! Tuvimos que apretar las espuelas para apartarnos del camino. Pero los relámpagos continuaban, y la lluvia disminuía, así que nos fue fácil dar cuenta de nosotros. Deben de haber corrido diez millas. La tormenta pasó, y ellos se detuvieron y sosegaron.


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