El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Brite levantó cinco dedos para designar el número de sacos que estaba dispuesto a donar.
―Habas.
―Montón saco grande ―contestó Brite. Evidentemente, el indio no estaba acostumbrado a una tal generosidad por parte de un conductor de manadas.
―Jefe, este viejo diablo quiere que le neguemos algo ―intervino Texas.
―Y seguirá pidiendo hasta que tenga que negárselo ―añadió Pan Handle.
Moze llegó con la galera, que los indios montados rodearon en semicírculo, formando un guirigay, los ojos llenos de codicia. La cara negra de Moze no podía tornarse pálida, pero tenía una expresión bastante extraña.
―Apéate, Moze ―ordenó Brite―. Abre tu caja y saca los artículos que hemos separado para este asunto.
―Sí, señor…, sí, señor ―repuso el negro, presa de un miedo horroroso.
―Un saco de harina primero, Moze ―dijo Brite―. Y échalo sobre su caballo. Haz como si pesara mucho.