El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas ―El que se me adelantara a mà en atravesar a ese indecente piel roja, tendrÃa que andar ligero ―dijo Reddie frÃamente.
―¡Santo Dios! ¡Esta chica está perdida! ―exclamó Texas.
―¡Jo!, ¡jo!, ¡jo! ―hizo el novato Bender.
Pero una segunda mirada al tosco joven de Pensilvania, con sus ojos de fiera y su rostro negro, convenció al ganadero de que los dÃas de noviciado habÃan pasado para Bender. Él mismo sentÃa levantarse el espÃritu frÃo, duro y salvaje del vaquero.
―Adelante, muchachos ―ordenó―. Cuando hayamos pasado el Canadiense estaremos a más de la mitad del camino.
―Iremos de prisa, jefe ―repuso Texas con ceño―. Tenemos que avivar la marcha de estos perezosos cuernos-musgosos, que no hacen más que holgar y criar grasa.