El Conductor de Manadas

El Conductor de Manadas

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Hicieron diez millas antes de la noche, realizando así la jornada más larga desde que habían partido de San Antonio. La noche se presentó oscura, con rumor de truenos y relámpagos en la lejanía. El fatigado ganado se acostó temprano y se mantuvo tranquilo toda la noche. La mañana apareció encapotada y amenazante, con un viento fresco que soplaba del Norte por sobre la manada. Pronto empezó a disminuir la luz hasta que el día era casi tan oscuro como la noche. Una terrorífica tormenta de granizo se destapó sobre los infortunados conductores y su manada. Los pedriscos se hacían mayores conforme avanzaba la tormenta, hasta que los perdigones de hielo gris se hicieron tan grandes como nueces. De sufrir una severa pedrea, los conductores pasaron a un extremado peligro de muerte. Se habían visto forzados a proteger sus cabezas con cuanto hallaban a mano. Reddie Bayne fue derribada de su caballo y llevada sin conocimiento a la galera; San Sabe se balanceaba en la silla como un borracho; Texas Joe lió su chaqueta en torno a su sombrero, y gritaba cuando los pedriscos rebotaban en su cabeza; magullados y sangrientos, los demás conductores parecían haber tomado parte en un feroz combate pugilístico.





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