El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Cuando este extraño fenómeno de la Naturaleza hubo pasado, el suelo estaba cubierto de una capa de pedrisco de medio pie de espesor. AntÃlopes y liebres muertos alfombraban el llano, y en todo lo que Brite podÃa alcanzar con la vista hacia atrás, no habÃa sino reses aturdidas, echadas en el suelo o que se movÃan tambaleándose.
―¿No os he dicho yo que iban a ocurrir cosas? ―dijo Texas a sus compañeros aquella noche en el campamento; todos estaban doloridos y magullados―. Pero menos mal, con tal de que los búfalos no se atraviesen en el camino.
Al otro dÃa recibieron la visita de algunos miembros de una tribu de kiowas que se suponÃan en relaciones amistosas con los blancos. HabÃan cambiado «montón grande palabras de paz» con el TÃo Sam. Brite no dio tanto como en el caso de los comanches, pero tampoco se mostró del todo mezquino.