El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Al amanecer, los conductores azuzaron a la manada, y la aguijonearon sin compasión. El sol se levantó rojo en un círculo de cobre. Velos de calor se alzaban de la arena y flotaban en el aire. A varias millas del afluente del Canadiense, los cuernos-musgosos olfatearon el agua. Los jinetes no podían contenerlos. Nada podía detener a aquellos animales enloquecidos por la sed. Cuando los delanteros se lanzaron a la carrera, toda la manada se precipitó a la vez con el mismo furor. Los conductores galopaban frenéticamente, pero sin esperanza de contener el pánico. El ganado siguió avanzando con su fragor de trueno haciendo temblar la orilla y levantando una enorme polvareda gualda.
El río contuvo aquella carrera y salvó a Brite de una pérdida incalculable. Una vez pasado el afluente sur, ya en la llanura de pastos nuevamente, los conductores de manadas olvidaron el pasado y pensaron sólo en el porvenir. Los días fueron pasando. En el arroyo Wolf encontraron la manada de búfalos, por tanto tiempo buscada, cuyos estropeados flecos llegaban hasta el Este. Texas Joe dio un día de descanso a su equipo y a su manada en este agradable campamento.