El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Una noche bochornosa presagiaba tormenta. Pero las interminables horas se fueron deslizando hasta él amanecer, y el tórrido dÃa pasó sin lluvia. Texas Joe, presintiendo otra tormenta, condujo la manada a la entrada de un estrecho valle de laderas escarpadas y fácil de guardar.
―No me gusta este tiempo ―dijo Whittaker, rompiendo un sombrÃo silencio junto a la hoguera.
―¿A quién le ha de gustar? ―intervino Texas Joe con cansancio―. Pero un buen aguacero serÃa una ayuda.
―Seguramente, si lloviera agua.
―TodavÃa llevo chichones en la cabeza ―dijo otro.
―Reddie, ¿cómo está la remuda?
―Muy extraña ―respondió ella―. Venteando, dando patadas y llena de impaciencia.
Brite temÃa que la peculiar condición de la tierra, atmósfera y cielo presagiase una de aquellas raras, pavorosas y devastadoras tormentas eléctricas que habÃan dado fama a esta región. Recordó lo que los conductores de manadas habÃan dicho, que parecÃa demasiado fantástico para ser creÃdo. Pero estaban presentes la extraña y rojiza puesta de sol, el crepúsculo, sofocante y absolutamente quieto, el cielo borroso, que no habÃa ocultado aún totalmente a las pálidas estrellas; la tierra espectral.