El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas ―¡Se acerca el fin del mundo! ―exclamó Texas Joe. Como todo hombre del campo, acostumbrado a los fenómenos atmosféricos, era supersticioso y reconocía una misteriosa omnisciencia de la Naturaleza.
―Bonita noche, querida, para estarse uno quieto en su casita ―bromeó Rolly Little.
―Rolly, ni tú ni la pizpireta pelirroja veréis nunca más un hogar ―dijo Ackerman fatídicamente.
―Todas las pelirrojas son pizpiretas y volubles ―filosofó Texas.
Reddie oyó, pero esta vez le faltó el resorte de su audacia. Se hallaba embebida de gravedad.
―Tex… Papá… esto no es natural ―dijo nerviosamente.
―Lo que quiera que sea, chiquilla, tiene que pasar, y puede que, Dios mediante, no nos haga daño a nosotros ―repuso el ganadero.
―Jefe, ¿será una de esas tormentas en que la electricidad corre como el agua? ―preguntó Texas.
―Yo no sé, Tex; pero he oído decir que cuando el cielo semeja un gran globo de cristal blanco con una luz encendida dentro, es que va a estallar dejando caer un millón de estrellas brincadoras, bolas, ristras y chispas.
Texas se puso en pie, rígido y de mal semblante.
―Cada uno a su caballo. Si nos vamos a ir al infierno, iremos todos juntos.