El Conductor de Manadas

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Brite aguardó, ansioso y esperanzado, la llegada de este hombre. Su amigo de toda la vida, el ganadero coronel Eb Blanchard, le había recomendado a Texas Joe Shipman, prometiéndole buscarlo y traérselo. Declinaba la tarde. Filas de jinetes polvorientos partían hacia la llanura; el vestíbulo del hotel Álamo iba quedando libre de sus ganaderos de botas, espuelas y cinto; dentro, en el salón, amainaba un tanto la gritería. Mejicanos de ojos endrinos y trajes chillones marchaban calle abajo. Brite estaba a punto de marcharse, cansado de esperar, cuando entró el coronel Blanchard con un joven que se hubiera destacado a simple vista aun entre una hueste de tejanos de ojos claros y rostros impasibles.

―Aquí nos tienes, Adam ―dijo Blanchard, jovialmente, guiando hacia el otro al apuesto jinete―. Tex, te presento a mi antiguo socio Adam Brite, el ganadero más cabal en este Estado… Adam, éste es Joe Shipman. Hace muchos años que trabaja conmigo y ha hecho dos viajes a lo largo del sendero. Un poco bebido en este momento, pero eso no importa. Yo respondo de Tex.

―Bien venido, Shipman ―replicó Brite brevemente, tendiéndole la mano. El jinete era alto, de anchos hombros, estrecho de caderas, flexible y erguido. Sus rasgos audaces eran agradables. Tenía el pelo leonado, ojos de ámbar claro, mirada singularmente recta y una sonrisa fría y perezosa en los labios. Representaba unos veinticuatro años de edad.


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