El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas A poco, llamaba Moze para la cena, después de la cual montaron en caballos frescos a relevar la guardia. Deuce Ackerman comunicó que el ganado se hallaba agitado por la presencia de una manada de lobos. Brite fue a ocupar su guardia llevando un rifle consigo. Pasó junto al caballo negro de Bayne. La remuda se había agrupado a cierta distancia del hato. Todavía hacía calor, a pesar de que el sol de fuego se había ocultado ya detrás de los cerros. Brite asumió su puesto entre el ganado y los caballos, y se acomodó a un trabajo que nunca le había gustado.
Los cornilargos no se habían sosegado para pasar la noche. Un rumor sordo y prolongado daba testimonio de cierta impaciencia al otro extremo de la manada. Brite hizo un largo recorrido, con el rifle atravesado en el pomo del arzón, aguzando la mirada para descubrir a los lobos. Vio coyotes, liebres americanas, y, a lo lejos, en los pastos, unos cuantos ciervos dispersos. Antes de que cerrara la noche, Reddie Bayne apareció con la remuda, orientando los caballos hacia el Este, en dirección a una abrigada caleta que había como a una milla de donde estaba Brite. El crepúsculo descendió sobre ellos, mientras en el horizonte occidental se iba desvaneciendo el sonrojo de los rayos del sol.
Antes de que las tinieblas lo cubrieran todo, Reddie se presentó a Brite montada en su caballo.