El Conductor de Manadas

El Conductor de Manadas

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―Míster Brite, jamás me perdonaría yo misma si le trajera a usted mala suerte.

―No me la traerás, Reddie.

―Escuche ―susurró ella súbitamente.

Un melódico canto sobrenatural descendió, en el aíre tibio de la oscuridad. Brite reconoció el canto español de un vaquero.

―Es San Sabe que canta a la manada, Reddie.

―¡Oh, qué delicioso! Canta maravillosamente.

De otro punto partió entonces un singular canto vaquero, y, cuando éste hubo cesado, una voz suave y melosa vibró sobre el rebaño. Cesó el rumor de pezuñas, y sólo el interminable mugido de una vaca rompía el silencio. San Sabe comenzó de nuevo su acostumbrado canto de amor; y entonces, todo en derredor de la manada, se levantaron, como ecos, numerosas voces melancólicas en estribillo. Era la magia con que los conductores de manadas sosegaban los impacientes cornilargos.

Se alzó la luna, vertiendo su luz de plata en toda la cuenca y prestando a la hora una especie de encantamiento. Reddie pasaba de un lado a otro, tarareando un canto del Sur, perdida en la belleza y la serenidad de la noche. De un cerro partió entonces el largo, desolado y escalofriante lamento de un lobo de la sabana. Esto era como un espantoso aviso que devolvía el pensamiento a la realidad de que la muerte acechaba poco más allá.


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