El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas ―Aguardaremos ―interrumpió Brite―. Si es que nos siguen, pronto lo sabremos. En caso contrario, no hay por qué… Preguntad a Moze si ha visto venir algunos jinetes sendero arriba.
De noche, Brite fue despertado sin saber por qué. Las tres estrellas elegidas como referencia se inclinaban hacia el oeste, de lo cual dedujo que era tarde. Reinaba también una gran quietud. ¡Ni un sonido de la manada! ¡Ni una tonada de los solitarios vaqueros de la guardia! Los insectos habÃan reducido su melancólica elegÃa a un débil espectro de su fuerza anterior. La hoguera estaba casi apagada. Al norte, sin duda al borde de la manada, se oÃa el penetrante lamento de los coyotes.
De pronto, un vibrante estallido rompió el silencio. Brite se incorporó con los ojos muy abiertos.
―Cuarenta y cinco ―se dijo, y volvió la vista en derredor tratando de ver lo que le rodeaba en la tiniebla. Tres conductores dormÃan pesadamente. Entonces sonaron, más altos, otros disparos, y por la detonación reconoció Brite los fusiles empleados contra los búfalos. Uno de los vaqueros se levantó silenciosamente como un espectro. ¡Texas Joe! El mayoral volvió el oÃdo hacia el sur. El estallido de un calibre 45 fue entonces interpretado como una orden imperativa por parte de Shipman.
―¡Arriba muchachos! Coged los rifles, y ¡al combate!