El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas Dos de los vaqueros se movieron al unÃsono. Se incorporaron, abrieron los ojos, echaron mano a los rifles y se levantaron para seguir a Texas, que se habÃa internado ya en la sombra a grandes pasos. El tercer jinete despertó lentamente, medio atontado. Era Hal Bender.
―¡Arriba, Bender! ―gritó Brite levantándose también.
―¿Qué ocurre, jefe? ―preguntó el novato, espantado, poniéndose las botas.
―No lo sé todavÃa. Se han oÃdo disparos hacia allá. Coge tus armas.
―¡Ah!… ¿Qué es eso?
Un sordo rumor de cascos que se levantaba del sur como una ola llegó a oÃdos de Brite.
―Caballos. Los salteadores persiguen, sin duda, a la remuda ―declaró Brite acelerando la marcha. El cañón de su rifle tropezó con una rama. Tuvo que ir más despacio, so pena de exponerse a estrellarse contra un árbol en la oscuridad. Bender jadeaba a poca distancia detrás de él. Dos veces se detuvo Brite a escuchar, orientándose siempre por el sonido. Al fin salieron del arbolado a campo abierto: un espacio llano y gris bajo la palidez estelar. Unas voces agudas le atrajeron hacia la izquierda. Emprendió entonces una carrera, cuidando de no tropezar con la hierba, con el rifle preparado, mirando fijamente hacia delante.