El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque A pesar de la oscuridad de la noche, Elena pudo ver débilmente el camino que pisaba. El suelo era rocoso y sin señales de gran tránsito. Tuvieron que abandonar el camino para internarse en un llano cubierto de arbustos. La marcha se higo evidentemente más difícil y penosa, pero no por eso disminuyó Dale la rapidez de la misma. Los caballos seguían todos al cine les servía de guía. Convencida Elena de la inutilidad de continuar guiando a Ranger, lo abandonó a su propio instinto. Las vacas sombras que se percibían en la noche la llenaron de sobresalto, pero pronto comprobaba que no eran sino rocas o árboles enanos. Cuanto más se internaban por aquel terreno fangoso, más se repetían estas vacas apariciones. Muchas veces volvió la cabeza vara penetrar con la mirada las sombras que iban quedando atrás. Hacíalo de un modo involuntario, y sin poder evitar cada vez un estremecimiento de temor.
Dale temía ser perseguido. Lo mismo esperaba Elena, cuyo pavor aumentaba con la idea de que sus enemigos no sólo codiciaban su herencia, sino que pretendían apoderarse de ella y quitarle la liberad. Las palabras que Dale había pronunciado para ponerla al corriente de los monstruosos planes que se habían tramado contra ella resonaban constantemente en sus oídos, haciéndola estremecer. Parecía absurdo, imposible; no obstante, era real y positivo el peligro que Dale le había anunciado. El Oeste era algo pavoroso, horrible.