El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque De repente su caballo se detuvo junto al de Bo, obedeciendo ambos al movimiento del de Dale, quien contuvo al suyo para mejor escuchar en las tinieblas. De Roy y sus acémilas no se percibÃa el menor signo de proximidad.
—¿Qué sucede? —murmuró Elena.
—Creo haber oÃdo a un lobo —contestó Dale.
—¿Ha sido eso un lobo? —preguntó Bo.
—SÃ, yo también lo he oÃdo. Ha sido algo parecido a un gemido desesperado.
—Nos acercamos ya al pie de las montañas —explicó Dale—. FÃjense cómo ha refrescado el aire.
—Ahora no tengo frÃo —contestó Bo—; antes en cambio, parecÃa que iba a quedarme helada. ¿Y tú, Elena, cómo te encuentras?
—Tampoco yo tengo frÃo ahora —contestó Elena.
—Si te dieran a elegir entre estar aquà o en casa, ¿qué elegirÃas? —preguntó Bo.
—¿Cómo puedes hacerme tal pregunta? —exclamó Elena, asombrada.
—No te extrañes: yo, por mi parte, elegirÃa estar aquà montando este caballo —aseveró Bo.