El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Estas palabras no pasaron inadvertidas, porque Dale volvió la cabeza con gesto que demostraba su sorpresa, e inmediatamente aceleró el paso de su cabalgadura. Elena seguía trotando junto a Bo, sin que ninguna de las dos cortara el silencio.
A Elena le pareció advertir por Oriente un apenas perceptible albor, nuncio de la aurora. Las estrellas comenzaron a desaparecer. Poco después, una tenue claridad borró del cielo las estrellas menores. La estrella de la mañana suscitó la admiración de Elena, por su brillo extraordinario. Nunca había visto un astro más claro y hermoso en un cielo de un azul pálido más bello y rutilante. Vieron desaparecer las tinieblas de la noche, y el desierto fue mostrando sus colores y perspectivas.
A poca distancia surgían en la penumbra unas cuantas colinas onduladas y de pobre vegetación. Detrás de ellas, un espacio dilatado empezaba a acusar el perfil de sus formas. Hacia el Este, el horizonte, iluminado con luz rojiza, mostraba sus líneas sinuosas.
—Nos convendría juntarnos con Roy —dijo Dale espoleando a su caballo.