El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Esto bastó para que Ranger y el caballo de Bo aceleraran su trote. No tardaron en dar alcance a Roy con las acémilas y sus cargas. El aire frío hacía saltar las lágrimas a Elena. Le atería las mejillas. Tan suaves eran las reacciones de Ranger que cabalgar en él al trote corto, era como balancearse en una mecedora. Aquella galopada animada y movida les pareció a todos muy corta.

—Elena, no tengo ningún temor de lo que pueda ocurrimos —exclamó Bo, con su acostumbrada intrepidez. Su cara estaba colorada y fresca. Sus ojos azules brillaban, su cabello flotaba al viento con tonalidades metálicas. Estos estímulos físicos, causa del optimismo de Bo, hubieran producido en Elena el mismo efecto saludable de haber podado ella desechar de su mente los pensamientos sombríos que tan intranquila la tenían.

Era ya completamente de día cuando Roy creyó conveniente dar un rodeo en torno de un grupo de cedros diseminados por la parte baja de las colinas.

—Estos árboles crecen en las llanuras del Norte, en donde las nieves tardan más en fundirse —explicó Dale.


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