El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Descendieron luego a un valle que no parecía muy grande, pero que una vez en él resultó dilatado y profundo. Al ascender de nuevo por otra colina, Elena pudo divisar el sol naciente iluminando un panorama tan espléndido y hermoso que la dejó sin palabras con que responder a las exclamaciones entusiastas de Bo.

Ascendieron luego por una pendiente pelada y amarillenta tan suave, que casi parecía que estaban cabalgando por una llanura. Los cedros que la cubrían iban siendo más escasos hacia la cumbre, desde la cual se divisaba el disco solar a gran altura, sobre el horizonte.

—¡Qué hermosura! —exclamó Bo—. Pero no sé por qué las llaman las Montañas Blancas.

—Aquel picacho de allí, llamado Old Baldy, está blanco la mitad del año —dijo Dale.

Las muchachas miraron en silencio. A Elena le parecía tener delante de sus ojos el mundo entero. ¡Cuán dilatado e inmenso era el desierto! ¡Cuán distinto de como ella se lo había imaginado, rojo y áureo o con tonalidades purpúreas! Inmenso, sin límites, sin más vegetación que la señalada por algunas manchas verdes, acá y acullá, y algunas líneas oscuras que sólo servían para acentuar la sensación de la distancia.

—Miren ustedes aquella mancha verde —dijo Roy señalándola—. Aquello es Snowdrop. Y aquella otra, hacia la derecha, es Show Down.

—¿Dónde está Pine? —preguntó Elena.


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