El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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—Algo más lejos, al otro lado de las colinas, junto al bosque.

—Entonces estamos alejándonos.

—Sí. Si hubiéramos ido en línea recta, los bandidos nos habrían asaltado. Pine está a cuatro jornadas a caballo. Yendo a través de las montañas las huellas no quedarán marcadas. Cuando Anson se interne por la espesura buscándolas, Milt les guiará a ustedes por caminos seguros hasta Pine.

—¿Cree usted, señor Dale, que llegaremos allí pronto, sin contratiempo alguno? —preguntó Elena.

—No le prometo a usted que sea pronto, únicamente que llegaremos a Pine sanos y salvos. Y sepa usted que no me gusta que me llamen señor.

—¿Cuándo comeremos? —preguntó Bo, con impaciencia.

A esta pregunta, Roy Beeman volvió la cabeza para mirar riéndose a Bo. Elena se fijó en su cara plenamente iluminada; era enjuta y torva, broncínea, con ojos redondos y fijos, como los del mochuelo. De su mandíbula inferior, fuerte y prominente, pendía una barba rala y recia.

—Pronto —dijo—, no se apure usted. En cuanto lleguemos al oquedal.

—Sí, lo mejor es continuar ahora sin detenernos para descansar luego un buen rato —dijo Dale acelerando el trote de su caballo.


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