El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Durante una hora de continuo y seguido trote, los ojos de Elena iban de derecha a izquierda, no perdiendo detalle de cuantos objetos la rodeaban en la proximidad o en la lejanía. La enana artemisa, entre la cual crecía lozana y fresca hierba, y las manchas oscuras, que resultaron ser cedros enanos, y los barrancos que se abrían inopinadamente en lo que a cierta distancia parecía cielo sin solución de continuidad, las grandes peñas, los pinos que se reunían fraternalmente en pequeños grupos, los amarillentos álamos temblones y más lejos la línea oscura del bosque, todo cautivaba y admiraba a la muchacha.

Ni un ave, ni un animal vieron en aquella larga cabalgata en dirección al espeso oquedal, cosa que no dejó de llamar la atención a Elena. El aire perdió su penetrante frialdad cuando el sol se elevó a gran altura sobre el horizonte. Parecía, en cambio, llevar en sus alas más perfumes y fragancias silvestres. Eran aromas completamente nuevos para Elena, perfumes que le hacían sentir la nostalgia del hogar por su extremado exotismo. Parecía como si nunca hubiera olido los perfumes de la selva, como si aquello pudiese únicamente impresionar sus sentidos sin evocar ningún recuerdo interior.



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