El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Pocos eran los accidentes que cortaban la monotonÃa de la llanura. Roy guió los caballos a una pequeña hondonada, por cuyo fondo corrÃa un arroyuelo, que siguió por su orilla izquierda hasta llegar a un punto en donde algunos cedros y pinos enanos formaban un pequeño bosque. Allà aguardó a los demás sentado en la silla de su caballo con las piernas cruzadas.
—Éste es un punto magnÃfico para reposar unos instantes —dijo cuando llegaron los demás de la partida—. Apuesto a que están ustedes cansadas.
—Tengo mucha más hambre que cansancio —replicó Bo.
Al desmontar comprendió Elena que la larga y dura cabalgata le habÃa quitado la fuerza de las piernas hasta el punto de que casi no le era posible tenerse en pie. Bo se rió al verla hacer equilibrios para no caerse, pero a ella misma le costó gran trabajo dar algunos pasos cuando se apeó del caballo.
Cuando Roy desmontó sorprendió mucho a Elena ver que también él a su vez andaba con dificultad.
—Un caballo me lanzó un dÃa de la silla, pisoteándome luego en el suelo. Me rompió varios huesos y quedé renco para toda la vida —explicó Roy, al notar la sorpresa de la muchacha.
Era evidente, sin embargo, que, a pesar de estar lisiado, aquel hombre conservaba bastante fuerza y agilidad.