El Hombre del Bosque

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—Creo que les convendría pasear para estirar las piernas —aconsejó Dale—. De lo contrario, luego no podrán moverse. No se alejen ustedes demasiado; las llamaré en cuanto la comida esté a punto.

Unos silbidos estridentes llamaron poco después a las muchachas al campamento, provisto ya de una apetitosa comida que las aguardaba. Roy estaba sentado con las piernas cruzadas como un indio, frente a una loma, encima de la cual Dale había colocado la comida.

Elena se dio inmediata cuenta de la pulcritud de los alimentos. Comió con verdadero apetito. Bo devoró su ración con tanta hambre, que Elena no sabía si reírse o avergonzarse. Los hombres las miraban y servían con gran solicitud, pero hablando apenas. No pasaron inadvertidas para Elena las continuas miradas de inquietud que Dale dirigía en todas direcciones. La cara impasible del cazador celaba perfectamente sus emociones, pero Elena adivinó en él una buena dosis de inquietud.

—Te declaró, Elena —exclamó Bo cuando no pudo comer más—, que esto es increíble. Debo de estar soñando. El caballo negro que tú has montado es el más hermoso que he visto en mi vida.

Ranger pacía tranquilamente la hierba cerca del arroyo con los demás animales. Todos estaban libres de sus sillas y cargas. Los hombres comían con perfecta calma.


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