El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Poco a poco le iba disminuyendo la longitud del lazo.

El animal, en su espanto, dejaba ver lo blanco de sus ojos y también sus dientes; pero se estuvo quieto mientras Roy le arrojo el lazo para sujetarle con él por medio de un complicado nudo alrededor del cuello.

—Que se desate, si puede —dijo, señalando el nudo—; este animal no ha probado nunca la brida, ni la toleraría.

—¿No lo monta usted? —preguntó Elena.

—Algunas veces —contestó Roy, sonriendo—. ¿Se atreven ustedes a montarlo?

—Yo no —contestó Elena.

—Pues yo casi me atrevería —insinuó Bo.

—Pues lo siento, porque yo no quiero la responsabilidad. Estoy seguro de que la tiraría a usted con extremada violencia.

En la media hora siguiente, Elena vio y aprendió mucho más de lo que ella había oído en toda su vida respecto al modo de tratar a los caballos indómitos.

Excepto Ranger, el caballo bayo de Roy y la jaca blanca de Bo, los demás caballos fueron llevados al campamento, después de cazados con el lazo, para colocarles la silla y cargar la impedimenta.


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