El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Éste maneó los caballos y los soltó. Cogió después una hacha y se acercó a un árbol pequeño y seco que divisó entre un grupo de álamos temblones. Avanzaba balanceando el hacha con el brazo colgando. En mangas de camisa, con su fornido pecho y anchos hombros, con sus brazos hercúleos, parecía un gigante tremebundo. Era ágil y gallardo, fuerte, sin abundancia de carnes. El hacha, con el movimiento, despedía reflejos fulgúreos. Unos cuantos hachazos bastaron para partir el carcomido tronco. El árbol cayó y Dale lo convirtió pronto en astillas. Era interesante ver cómo encendía el fuego. Primero amontonó unas cuantas astillas delgadas, colocando encima de ellas otros leños más gruesos. Sacó luego eslabón y pedernal del maletín de una silla pendiente de una rama. Al primer golpe brotaron las chispas en tal cantidad, que de las astillas salió inmediatamente una llama de más de un palmo de alto. Dale colocó en seguida unos cuantos leños más y el fuego prendió en ellos con vivos resplandores y alegres chisporroteos.
Terminada esta tarea permaneció un rato en pie, mirando al Norte. Elena recordó entonces que le había visto avizorando en la misma dirección, dos veces antes de llegar a Big Spring. Si escudriñaba y escuchaba con tanta atención, era por el interés de percibir alguna señal que denunciase la presencia de Roy. A todo esto se puso el sol y las copas de los pinos perdieron su nimbo rosáceo.