El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Elena púsose a pensar entonces en aquel hombre, analizando sus actos y palabras. En Magdalena, la noche anterior, se había fiado de aquel cazador por haberle juzgado noble y sincero. Y habla sentido por él una gratitud inmensa. Pero no había advertido en él nada que le colocase por encima de los demás hombres. Pero en aquel momento empezaba a creer que la casualidad le había puesto en relación con un ser verdaderamente extraordinario. Vista era la impresión que predominaba en ella. No precisamente por su bravura y porque su generosidad le había llevado a brindar ayuda a una joven en peligro, ni por su intrepidez y resistencia en todos los trances de su vida selvática. Eso era connatural a todos los hombres del Oeste. Todos eran valientes, todos sabían cocinar, y la mayoría eran capaces de socorrer a una mujer en peligro.
Aquel cazador era realmente un hermoso ejemplar humano, con cierta expresión leonina en sus gestos y actitudes. Tampoco era ésta la causa de su impresión. Elena había sido maestra, amaba la infancia, y veía en aquel cazador un fondo admirable de sencillez y sinceridad infantil. Inclinábase, no obstante, a creer que era la fuerza espiritual y mental de Dale lo que a ella la atraía y admiraba principalmente.
—Tres veces te he hablado sin que me oyeras, Elena —protestó Bo—. ¿En qué estás pensando?