El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Poco cambiaron el tiempo y el panorama durante la primera hora de marcha, pero Elena, en cambio, comprendió los sufrimientos que la esperaban. Eran muy hermosos los sitios por donde pasaban, pero los desniveles del terreno le producían gran molestia. Lo que más le importunaba era el traqueteo de los descensos, porque Ranger se ponía a trotar, siendo entonces sus reacciones poco menos que insoportables. Otra cosa que disgustaba a Elena era la tendencia de su caballo a saltar por encima de todos los charcos que encontraba, poniéndola en peligro de caerse con gran quebranto de sus huesos y con grave mengua de su amor propio. Elena no había sido nunca vanidosa, pero no le gustaba tampoco ponerse en evidencia, y el temor de que la vieran torpe a caballo la tenía muy disgustada. Afortunadamente, Bo iba siempre delante de ella y raras veces se volvía a mirar a su hermana. No tardaron mucho en llegar a un ancho y fangoso camino lleno de innumerables vestigios de pezuñas. Indudablemente, aquéllas eran las huellas de que había hablado Roy. Las siguieron durante tres o cuatro millas, al cabo de las cuales se encontraron, en un verde valle, un numeroso rebaño de ovejas que saturaban el aire con su olor característico. Las ovejas cubrían en grupo compacto varias áreas de terreno, mordiendo la hierba con avidez, sin suspender por eso su marcha un solo instante. Conducían el rebaño tres pastores a caballo. La impedimenta iba a lomos de varios burros de carga. Dale trabó conversación con uno de los mejicanos. Los mejicanos hablaban en voz baja, no tanto, sin embargo, que no llegaran hasta Elena las palabras «sí, señor», «gracias, señor». Era hermoso el aspecto del rebaño extendiéndose como una desbordada ola de encrespada lana por las praderas. Dale se dirigió hacia el camino que habían de seguir las ovejas procurando adelantarse al rebaño. De pronto, un rayo de sol atravesó las nubes descorriéndolas y dejando ver parte del cielo azul. Pero no por eso parecía muy segura la vuelta del buen tiempo. El viento volvió a soplar. De las montañas volvieron a amontonarse negros y densos nubarrones portadores de recia lluvia, que pronto cayó sobre las fugitivas.


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