El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Con la cabeza inclinada trotó Elena durante horas que a ella le parecieron siglos, bajo una lluvia fría que le atería los huesos. Pasado el chaparrón continuó el menudo y espeso cernidillo. Las nubes pasaban bajas y oscuras ocultando la cumbre de las montañas y dando al paisaje un aspecto sombrío. Elena tenía las rodillas y los pies empapados como si hubiera estado andando un buen rato por el agua. El frío le penetraba hasta los huesos. Los guantes que llevaba no eran impermeables, por lo cual las manos estaban también húmedas y ateridas. Tan fríos tenía los dedos que necesitaba golpearse frecuentemente las manos para provocar la reacción. Ranger, al oír las palmadas, entendía que debía acelerar la marcha, cosa que era, para Elena, peor todavía que el frío. Otra tanda de nubes más densas y amenazadoras que las precedentes llegaron anunciando una gran nevada. El viento era frío y penetrante. Elena conservaba el calor del cuerpo, pero sus extremidades sufrían extraordinariamente del frío. Su mirada daba lástima, no había esperanza para ella, era preciso continuar marchando. Dale y Roy continuaban impasibles en sus sillas, pero probablemente debían de estar empapados hasta la medula porque no usaban impermeable. Bo no se apartaba de ellos y era evidente que también sufría del frío. Esta segunda tormenta era más tolerable que la primera porque la lluvia era menos fuerte. La frialdad del viento, por el contrario, era más acerada y penetrante. Duró lo menos una hora, durante la cual los caballos no cesaron un momento de trotar. A esta segunda tormenta sucedió otra y otra y otra. Los pies de Elena perdieron la sensibilidad, pero los dedos, a causa de los esfuerzos que ella hacía para mantener en ellos la circulación, continuaban sensibles a las molestias del frío. El viento parecía atravesarla con mil invisibles saetas. Ella misma estaba maravillada de su resistencia, aun cuando había momentos en que creía no poder seguir adelante. Pero sacando fuerzas de flaqueza resistía siempre admirablemente la fatiga. En todos os inviernos que recordaba, no había visto un solo día como aquél. El aire parecía no suministrarle el oxígeno que su sangre necesitaba.