El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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¡Cuántas millas! Tantas le parecieron a Elena, como las interminables horas transcurridas desde que iniciaron la marcha; pero al fin llegaron a los pinos en el preciso instante que la lluvia comenzaba a caer con la misma violencia anterior. Elena se sostenía sobre la silla como un cuerpo muerto, viéndose obligada a asirse con las manos al arzón para no caerse, cada vez que Ranger aceleraba el paso o saltaba por encima de algún charco. Las más tristes ideas poblaban su mente haciéndole sentir la nostalgia del hogar tan intensamente que casi había llegado a tener medio olvidada a su hermanita Bo. Quedábale, no obstante, atención suficiente para advertir y grabar en su memoria los menores cambios en la topografía del país que iban atravesando. El bosque era cada vez más abrupto y denso. Los árboles proyectaban sombras negras y alargadas. Dale y Roy desaparecieron al bajar una pendiente. Asimismo perdió Elena de vista a su hermanita Bo. Un rumor de agua en rápida corriente llegó hasta los oídos de Elena. Ranger aceleró el trote. Pronto llegó Elena al borde de un gran valle tan oscuro que era imposible distinguir ningún objeto a cuatro pasos de distancia; pero tuvo la evidencia de que por el fondo corría un río. El sonido del agua era profundo, continuo, susurrante, casi musical. El camino era empinado. Elena no había perdido todavía completamente la sensación de sus miembros, como había esperado y casi deseado. Su pobre cuerpo, maltrecho y zarandeado, respondía con punzadas de dolor a todos los movimientos del trote. Durante mucho rato Elena marchó sin mirar por dónde pasaba. Cuando volvió a levantar la vista se encontró en un espacio verde y sin más árboles que los sauces que lo bordeaban en el fondo del valle. Una corriente de agua turbia serpenteaba por allí produciendo un sonido grato al oído.


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