El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Dale y Roy guiaron las acémilas a través de la corriente remontándola después al lado de los animales. Bo guió a su caballo por el agua espumosa con la misma facilidad que si hubiera estado acostumbrada a hacerlo durante toda su vida. Un resbalón, una caída, hubiera podido ser fatal para la muchacha.
Ranger trotaba por el borde de la corriente deteniéndose allí, cuando Elena le obligó a ello tirándole de la brida. La corriente tenía unos cincuenta pies de ancho, era poco profunda en la orilla próxima y un poco más profunda en la orilla opuesta, siendo muy notable la fuerza del agua. Elena sentía verdadero pavor al pensar que tenía que atravesarla.
—Vamos, decídase —gritó Dale—. ¿Qué espera usted? ¡Ranger!
El animal se metió en el agua sin titubear. Aquella corriente que Elena estimaba infranqueable no era nada para él. Elena no tuvo fuerzas para levantar las piernas y el agua le cubrió los pies. Pocos pasos bastaron para que Ranger llegara a la orilla y de un salto se colocara en la verde hierba, yendo al trote a reunirse pronto con los demás animales que esperaban parados bajo los pinos.
Roy se adelantó para ayudarla a apearse.
—Treinta millas, señorita —le dijo con voz que dejaba traslucir su admiración.