El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Porque yo seguiré las huellas de ese ladrón de ganados con el mismo afán con que un lobo persigue a un ciervo herido, y si veo que se aproxima a tu campamento me adelantaré a él a todo el correr de mi caballo.
—Bien —declaró Dale—, calculo que tú llegarás a Pine más pronto o más tarde.
—Al menos que observe en Anson la intención de ir allÃ. He dicho a John que en caso de que no hubiera pelea en la diligencia se dirigiera inmediatamente en lÃnea recta a Pine a fin de avisar a Al ofreciéndole sus servicios junto con los de Joe y Hal.
—¿De manera que de un modo o de otro este asunto ha de concluir en sangre?
—Indudablemente, esto es inevitable. ¡Cuánto desearÃa tener a ese Beasley al alcance de mi revólver!
—Pues tendrÃa muchas probabilidades de escapar con el cuerpo ileso.
—No me haces justicia, Milt Dale; no tiro tan mal como te figuras —declaró Roy con dignidad.
—Con blancos fijos no eres de los peores, pero cuando el blanco se mueve no aciertas casi nunca.
—Quizá tengas razón, pero yo no apuntaré a un blanco lejano cuando tenga a Beasley a mi alcance. No olvides que, si no soy un cazador, soy, en cambio, un buen jinete. Tú dices esto de mà porque estás acostumbrado a matar a tiros las moscas que se pasean por la cornamenta de los ciervos, únicamente para divertirte.