El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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Tan profundamente durmió Elena toda la noche, que al despertar apenas si podía creer que habían transcurrido unas pocas horas. Bo se despertó mucho más animada, y con menos dolores en el cuerpo.

—Hoy has recuperado el buen color de tu cara —dijo a Elena—. Tus ojos brillan. ¡Qué mañana tan deliciosa! Es embriagador este aire tan sutil, perfumado con el aroma de las flores silvestres. Y, además, abre el apetito. Yo tengo unas ganas de comer horribles.

—Dale tendrá pronto necesidad de toda su experiencia y toda su destreza de cazador si tu voracidad continúa —dijo Elena esforzándose en evitar que el cabello le tapara la vista mientras se calzaba.

—Mira aquel perrazo, Elena.

Ésta miro adonde su hermana le señalaba, y vio un perro de enorme tamaño, negro y leonado, con orejas largas y caídas. La curiosidad le había llevado hasta muy cerca de la choza en donde se albergaban las dos hermanas, deteniéndose allí para mirarlas. Elevaba noblemente la cabeza; su mirada era oscura y triste. Era difícil predecir si sus intenciones eran buenas o malas.

—Hola, amiguito; acércate, que no hemos de hacerte ningún daño —le gritó Bol deseosa de entrar en relaciones con aquel animal.

Esta salida hizo reír a Elena.


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