El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —No hay otra como tú, Bo —le dijo—. En vez de estar asustada, eres tú la que pretendes tranquilizar al animal.
—¡Claro! No sé si es de Dale, aunque supongo que sÃ.
Sin hacer caso de la amable invitación de la muchacha, el perro volvió grupas y desapareció corriendo. Más tarde, Elena y Bo le volvieron a ver, tendido junto al fuego del campamento. Tan largas eran sus orejas que la mitad de ellas descansaban en el suelo.
—He enviado a Pedro, para que las despertara —fue el saludo de Dale—. ¿Han tenido ustedes miedo?
—¿Pedro? ¿Ése es su nombre? No; no me ha asustado. Elena es la que ha temblado un poco. ¡Es tan medrosa! —dijo Bo.
—Es un perro hermosÃsimo —añadió Elena, sin hacer caso de la charla de su hermanita—. Me gustan mucho los perros. DesearÃa que éste y yo fuéramos buenos amigos.
—Es un perro a la vez fiera y tÃmido. No le gusta permanecer en el campamento sin mÃ, cuando yo me ausento. Tom y él sienten grandes celos uno de otro. TenÃa yo antes una jaurÃa numerosa y he ido perdiendo todos los perros por culpa de Tom. El único que me queda es Pedro. Creo que por poco que se lo proponga logrará usted fácilmente hacer buenas migas con él. Pruébelo.