El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Y cuando volvà a mi campamento, aquà me lo encontré —concluyó Dale sonriendo—. Desde entonces no he vuelto a querer desprenderme de él. Es el mejor perro que he visto en mi vida. Entiende todo lo que le digo y poco le falta para hablar. Cuando abandono el campamento sin llevarlo conmigo derrama verdaderas lágrimas.
—Todo esto es admirable —afirmó Bo—. A mà me gustan muchÃsimo los animales, pero prefiero los caballos a los perros.
Pedro, mientras tanto, bajaba la mirada y respiraba fuertemente, como si comprendiese que hablaban de él. Elena habÃa oÃdo contar mil anécdotas referentes al amor de los perros por sus amos; pero ninguna tan cautivadora como la que acababa de oÃr.
Poca simpatÃa habÃa en las miradas que Tom dirigÃa a Pedro en aquellos momentos; pero éste no se dignaba hacer caso. Sentado cerca de Bo, no esperaba sino que ésta le echara algún hueso o alguna tajada.
—A mà me gusta mucho Tom —dijo Bo—, pero cuando estoy cerca de él no puedo menos de sentir cierto recelo.
—Los animales son tan caprichosos como las personas —manifestó Dale—. Sienten simpatÃas y antipatÃas. Por lo que he podido observar, asegurarÃa que Tom empieza a aficionarse a usted, mientras que Pedro se interesa por su hermana.
—¿Dónde está Bund? —preguntó Bo.