El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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—No sé; tal vez está durmiendo en algún rincón o paseando por las cercanías. Ahora, cuando yo concluya mis tareas, ¿qué desearán que hagamos?

—Montar a caballo —declaró Bo.

—¿No le duele a usted el cuerpo?

—Sí, pero no me importa. Cuando yo iba a caballo a la hacienda de mi tío, cerca de Saint Joseph, siempre comprobé que el montar me curaba todos mis dolores.

—Muy bien; montará usted puesto que es su gusto.

—¿Y usted que desea hacer? —preguntó Dale volviéndose hacia Elena.

—Yo descansaré, entreteniéndome a solas con mi pensamiento, mientras les veo a ustedes.

—Muy bien, que descanse usted un poco; pero después necesita la actividad. Haga algo, lo que sea, lo que más le agrade; pero no esté ociosa.

—¿Y por qué no permanecer inactiva en este bello rincón del mundo? Aquí me podría pasar las horas, los días enteros, sin hacer otra cosa más que pensar y soñar.

—No lo haga. Años me ha costado a mí aprender lo malo de la inacción. Aún es la hora en que por poco que me abandonara no me costaría nada olvidar mis animales y mi trabajo, para entregarme a las dulzuras traidoras de la molicie y la inactividad.


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