El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —¿Hay, algo mejor que la vida puramente contemplativa? ¿Para qué ha creado Dios el cielo azul, los variadÃsimos y ricos colores del paisaje, el agua rumorosa, los barrancos, los picachos, las sierras, las nubes y los bosques sino para que nosotros nos extasiemos contemplándolos?
—Todas estas cosas son tan hermosas que por amor a ellas he abrazado yo la profesión de cazador.
—Por mi parte —repuso Elena—, el amor a la Naturaleza no me llevarÃa nunca a olvidarme de la misión que juzgo he de cumplir en el mundo civilizado.
Elena creyó advertir que Dale se estremecÃa ligeramente al oÃr estas palabras.
—Los designios de la Providencia son impenetrables —dijo Dale—. La Naturaleza nos atrae hacia la vida primitiva; al vencer en nosotros este impulso quizá podamos cumplir nuestra misión en el mundo mejor que si permanecemos en el mundo civilizado.
—¿Preferir yo la vida salvaje a la civilizada? ¡Eso nunca! —exclamó Elena Pero, suponiendo que yo renunciara a la vida civilizada, ¿qué finalidad tendrÃa mi vida en las selvas?