El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —¿Y usted ha experimentado todas estas cosas? —preguntó Elena después de unos minutos de silencio, y sin querer darse por vencida.
—Todas menos la última. El amor no ha anidado nunca en mi pecho. ¿Cómo habrÃa sido esto posible en medio de la soledad en que vivo? Además ninguna muchacha me querrÃa. Mi experiencia en cuestiones de amor es nula. De todos modos entiendo lo que es el amor por comparación con los demás sentimientos que hay en mÃ.
Elena escuchaba al cazador maravillada de su ingenuidad.
Mientras él hablaba tenÃa la mirada fija en el fuego, como si quisiera leer en él los sentimientos que el hombre no puede penetrar. Acababa de decir que ninguna mujer le amarÃa y ella veÃa que aquel hombre rústico y extraordinario sabÃa menos del corazón de las mujeres que de la vida y los misterios de la selva.
—Usted ha declarado —dijo Elena— que yo no me conozco y que llegará un dÃa en que yo no tendré ningún dominio sobre mis instintos, y yo sostengo que en ambas cosas se equivoca.
—Ya veremos cuando pase por alguno de los grandes trances de la vida —prosiguió él.
—¿Cuáles son esos trances?
—Ya se los he enumerado a usted. Con las preguntas que le he hecho, comprenderá lo que puede sucederle algún dÃa.