El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Lo primero para Elena, todas las mañanas, era preguntarse si aquel dÃa recibirÃa noticias de su tÃo, o que nuevas emociones y peligros le reservaba la jornada. Esperaba a su tÃo con verdadera ansiedad, convencida de que no podÃa tardar mucho en llegar. Empezaba a adaptarse de prisa al nuevo género de vida. ConcedÃa cada vez menos atención e importancia al vestido. Sus ropas comenzaban a necesitar reparación, pero ella diferÃa este menester juzgándolo de menor urgencia. Las tareas del campamento le interesaban más. Ayudaba ya a ellas mucho mejor que Bo. El miedo la atormentaba todavÃa, pero no tanto como al principio. TenÃa ganas de llegar cuanto antes al rancho de su tÃo para dar principio a la nueva vida de actividad que le aguardaba.
También Bo se acostumbraba rápidamente a la vida de incesante actividad al aire libre. Sus ojos brillaban con nuevo fulgor y nueva vida, sus mejillas y sus manos se bronceaban, su salud se fortalecÃa. Montaba cada vez mejor, tiraba con tanta punterÃa que varias veces Dale se habÃa creÃdo obligado a felicitarla.
—Si te encontraras de manos a boca con ese oso gigantesco que Dale dijo que vio el otro dÃa, ¿qué harÃas? —le preguntó Elena.
—Nada, ¿qué habÃa de hacer? ¡Tirar sobre él si tenÃa el fusil a mano!
