El Hombre del Bosque

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XII

Lo primero para Elena, todas las mañanas, era preguntarse si aquel día recibiría noticias de su tío, o que nuevas emociones y peligros le reservaba la jornada. Esperaba a su tío con verdadera ansiedad, convencida de que no podía tardar mucho en llegar. Empezaba a adaptarse de prisa al nuevo género de vida. Concedía cada vez menos atención e importancia al vestido. Sus ropas comenzaban a necesitar reparación, pero ella difería este menester juzgándolo de menor urgencia. Las tareas del campamento le interesaban más. Ayudaba ya a ellas mucho mejor que Bo. El miedo la atormentaba todavía, pero no tanto como al principio. Tenía ganas de llegar cuanto antes al rancho de su tío para dar principio a la nueva vida de actividad que le aguardaba.

También Bo se acostumbraba rápidamente a la vida de incesante actividad al aire libre. Sus ojos brillaban con nuevo fulgor y nueva vida, sus mejillas y sus manos se bronceaban, su salud se fortalecía. Montaba cada vez mejor, tiraba con tanta puntería que varias veces Dale se había creído obligado a felicitarla.

—Si te encontraras de manos a boca con ese oso gigantesco que Dale dijo que vio el otro día, ¿qué harías? —le preguntó Elena.

—Nada, ¿qué había de hacer? ¡Tirar sobre él si tenía el fusil a mano!


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