El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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XIII

Después de varios días de recorrer a caballo aquellos frondosos contornos de oro y púrpura, oyendo, con la imaginación llena de ensueños, el murmullo siempre variante y siempre acariciador de la cascada, y, por la noche, el lúgubre, espeluznante aullido del lobo, y después de trepar innumerables veces a los picachos y a las alturas en donde el viento parece penetrar como finas agujas en la piel. Elena Rayner concluyó por perder la noción del tiempo, olvidándose del peligro que la amenazaba.

Roy Beeman no volvía. Cada vez que Dale hablaba de él, las dos hermanas sentían renacer su antigua ansiedad, pero pronto olvidaban su situación para no pensar sino en las delicias de la vida activa y libre en aquel paradisíaco rincón del mundo.

Bo estaba completamente dedicada a sus caballos, a los animales que componían la colección de Dale, y, sobre todo, a Tom. El enorme felino la seguía por doquier, jugaba con ella como un gatito, poniendo muchas veces su fina cabeza en el regazo de la muchacha, con ronquidos de cariño y placer. Bo, tan intrépida siempre, concluyó por perder pronto el poco miedo que le inspiraran al principio las fieras y los peligros de la selva.


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