El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Le castañetean los dientes, ¿ha tenido usted miedo? —le preguntó Dale.
—No; tengo frÃo solamente.
—SÃ; esta noche lo hace —repuso él—. ¿Y usted, Elena? ¡También parece estar helada!
Elena asintió con la cabeza; nunca habÃa tenido, en efecto, tanto frÃo como aquella noche, a pesar de lo cual sentÃa en el interior de sus venas un calor extraño que le aceleraba el pulso, y mantenÃa en ella el deseo de continuar la aventura.
—Apresuremos el paso —dijo Dale—, y abandonemos el bosque para proseguir por la ladera.
Una vez allà ascendieron hasta llegar a un terreno llano que atravesaron en dirección de los árboles en donde habÃan quedado atados los caballos. Allà empezó a soplar el viento; con cierta fuerza se dejaba sentir en las partes más tupidas del bosque, y tenÃa bastante violencia para penetrar hasta los huesos en las partes despejadas. Dale ayudó a montar primeramente a Bo y después a Elena.
—Estoy aterida —dijo ésta—; mis miembros no me obedecen y no voy a ser capaz de mantenerme a caballo.
—No tenga usted miedo; a los primeros movimientos del trote entrará usted en calor —repuso Dale.