El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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A las primeras de cambio la sangre de Elena empezó, en efecto, a circular aceleradamente devolviendo al cuerpo el calor perdido. La selva aparecía clara y brillante a la luz de la luna, con hermosos reflejos en la fresca hierba y manchas oscuras de vegetación esparcidas por la inmensidad como islas en un gran lago.

Elena se imaginaba que aquellas islas debían de ocultar osos dispuestos a salir traidoramente de su escondrijo con ánimo de atacarles; por esto al acercarse a cada uno de estos lugares de verdura y de vegetación frondosa su corazón palpitaba con inusitado ardor. Al poco rato de cabalgar el frío había desaparecido y todo suscitaba en Elena pensamientos gloriosos; la luna en su lento y solemne curso, las pálidas estrellas desde el inconsútil cendal del cielo; la selva dilatada y misteriosa, los caballos en acelerada carrera. A la ida el camino le había parecido largo, pero a la vuelta le pareció que los caballos volaban. El viento frío le helaba, en las mejillas, las lágrimas de entusiasmo que le saltaban de los ojos. Todas las sensaciones de aquella noche se incorporaron a su sangre firme y persistentemente, para formar, para siempre, una parte integrante de su ser.




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