El Hombre del Bosque

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El caballo de Dale salto una zanja. Ranger hizo lo mismo, pero con tan mala suerte que fue a caer sobre unas matas, en las que las patas delanteras se le enredaron de tal modo que la caída de Elena por las orejas del caballo fue inevitable. Oyó el grato de terror lanzado por su hermana. No sintió otra cosa que las manos de Dale que al poco rato la sostenían. El cazador la miraba con interés y Bo le tenía las manos cogidas. Elena respiraba con dificultad.

—Elena, tenga usted ánimo; no es posible que esté herida. Ha caldo ligera como una pluma sobre un colchón de verde hierba —dijo Dale, mientras le reconocía con sus manos los miembros y los brazos para comprobar si tenía o no algún hueso roto—. No es nada —añadió Dale—, no tiene usted ningún daño de consideración; el aire fresco de la noche le repondrá en seguida.

Elena sintió el aire frío y penetrante de la noche entrarle en los pulmones como pequeñas saetas. Lo aspiró dos o tres veces profundamente y recuperó pronto la normalidad de la respiración.

—Creo, efectivamente, que he salido bien librada del percance.


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