El Hombre del Bosque

El Hombre del Bosque

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XIV

Sin saber si había sido en sueños o si había sido real, Elena oyó un grito que la despertó. Sobresaltada se sentó en su lecho. Los rayos del sol doraban las copas de las piceas que bordeaban la cima de las montañas. Bo estaba arrodillada arreglándose el pelo con manos temblorosas, mientras atisbaba la lejanía.

Los ecos de la cordillera repitieron varias veces el grito de Dale.

—¡Elena, Elena, levantémonos! —exclamó Bo, presa de gran excitación—. Alguien se acerca, con hombres y caballos.

Elena miró de rodillas, por encima del hombro de su hermana. Dale, de pie junto al fuego del campamento, enarbolaba el sombrero. Por la parte más despejada de la selva veíase acercarse una retahíla de acémilas conducidas por varios jinetes a la cabeza de los cuales Elena distinguió y reconoció a Beeman.

—¡Aquél es Roy! —exclamó—. Su posición a caballo no se me despinta. Bo, su presencia aquí significa que nuestro tío Al viene a buscarnos.

—Ciertamente. Somos las dos muchachas más afortunadas que hay en la tierra. Ya estamos salvadas. Mira cuántos cowboys, mira. ¡Qué bello espectáculo! —prorrumpió Bo.


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