El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque Elena se sentó unos instantes, sin decir palabra, impresionada por el tono de la voz de Dale. Hubiérase dicho que el grito que había proferido estaba impregnado de tristeza, como si le doliese la próxima separación. Los jinetes, al fin y al cabo, llegarían al campamento para llevárselas a ellas. El corazón de Elena comenzó a latir aceleradamente, pero sin alegría, como si tampoco ella desease abandonar aquellos breñales y lugares salvajes.
—Dense ustedes prisa, señoritas —volvió a gritar la voz de Dale.
La primera que salió de su refugio fue Bo, para ir a lavarse, arrodillada sobre una piedra, en las claras y frías aguas del arroyo. Tanto le temblaban las manos a Elena que la muchacha pasó mil apuros para atarse el calzado y poder peinarse, de tal t modo que terminó de arreglarse mucho después que Bo. Cuando salió de su rústica habitación un hombre bajo y fornido, con tosco traje y grueso calzado, sostenía entre las suyas las manos de Bo.
—Eres el honor de los Rayner —le decía—. Recuerdo perfectamente a tu padre, un guapo mozo, y tú te pareces mucho a él.
Al lado de aquel hombre Elena distinguió a Dale y a Roy. Detrás de ellos había varios caballos y jinetes.