El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Tío, aquí tiene usted a Elena —dijo Bo, señalándola.
—¡Oh! —exclamó el viejo ganadero volviéndose a verla con la emoción retratada en el rostro.
Elena apresuró el paso. No esperaba reconocer a su tío; pero apenas fijó su mirada en aquella cara morena y rugosa, y en aquellos ojos azules de vivo y triste mirar, recordó los principales rasgos fisonómicos de su madre.
El tío abrió los brazos para apretarla contra su pecho.
—¡Elena, hija mía! —exclamó—. Eres mi propia sangre, no puedes negarlo.
—Tío, yo nunca le he olvidado a usted. Le recuerdo perfectamente, aunque no he vuelto a verle desde la edad de cuatro años.
—Pues yo creo estar viéndote todavía montada sobré mis rodillas, con tu cabello rubio y ensortijado. Ahora es más oscuro y más lacio. ¡No en balde pasan los años! Dieciséis han transcurrido. Ahora tienes veinte. ¡Qué alta y apuesta! Elena, eres la Auchincloss más bonita que he conocido.