El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Eso se lo hará creer a mis sobrinas; pero a mí no. Yo soy un sastre que conoce el paño —rezongó Auchincloss.
—Tío, este animal duerme hecho un ovillo a los pies de mi cama —dijo Bo.
Elena corroboró, sonriendo, la afirmación de su hermana. Bo, entonces, llamó a Tom y le obligó a tenderse delante de ella con la cabeza entre las patas.
—¡Si no lo veo, no lo creo! —declaró Al, lleno de asombro—. ¡Tan manso un animal naturalmente tan feroz! Muchas veces he oído en los bosques el rugido del puma, y no concibo sonido más salvaje y espeluznante. ¿Ruge Tom también tan ferozmente?
—Sí; algunas veces, por la noche —respondió Dale.
—¿Piensa usted llevar este animal a Pine?
—No.
—¿Qué hará usted con su colección de fieras?
—La seguiré cuidando, como hasta aquí —contestó Dale, sin demostrar que emprendía la razón de tales preguntas.
—¿Pero usted consentirá en venir a mi rancho? —arguyó Auchincloss paladinamente.
—¿Para qué?
Al se rascó la cabeza y miró con perplejidad al cazador.