El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Simplemente: porque es mucho más necesario en Pine qué en la selva.
—¿Qué dice usted? ¿Quién puede necesitarme, ni acordarse de mà para nada?
—¡Yo! Ya ve que me estoy volviendo viejo, valetudinario. Y tengo un terrible enemigo: Beasley. El rancho, con todas mis propiedades y hacienda, pasará a poder dé Elena. Me interesa encontrar un hombre que lo administre y gobierne. Le ruego acepte el cargo de administrador y mayoral de mis posesiones y servidores.
—Nunca pude creerme merecedor dé tanta generosidad, Al, y esté usted seguro de mi agradecimiento. Mas no se enfade si declino el ofrecimiento.
—Piénselo bien, Milt. Este paÃs está en vÃas de rápido crecimiento. El Gobierno está decidido a limpiarlo dé apaches y malhechores y los colonos caerán aquà como lluvia. El porvenir se anuncia próspero. No desperdicie la ocasión qué sé le ofrece. Hay, además, otra razón…
Al llegar a éste punto Al vaciló un instante, mas por fin añadió:
—Mi sobrina. Si ella se enamorase de usted, por mi parte no habrÃa inconveniente.
—¡Oh, usted se burla de mÃ! —protestó Dale, indignado.
—De ningún modo; digo lo que siento.