El Hombre del Bosque
El Hombre del Bosque —Aun siendo asÃ, no puedo forjarme ilusiones sobre el particular, porqué yo no significaré nunca nada para su sobona.
—Pues yo apostarÃa a que ya la ha interesado —afirmó Al, sin dar su brazo a torcer.
Dale movió la cabeza con escepticismo.
—Imposible —murmuró.
—Milt, no tengo ningún hijo, ni nadie que me defienda, y ya conoce que clase de enemigo tengo en Beasley —imploró.
—Al, me da pena tener que mantenerme en mi negativa —insistió Dale—. Yo no soy el hombre qué a usted le conviene, no soy el hombre que usted busca.
—¿Por qué?
—Mire, Al, le hablaré con franqueza. Yo no conozco aún mis puntos débiles; pero estoy seguro de que muy pronto saldrÃan a la superficie si aceptara su ofrecimiento.
—¡Ah, ya, vamos! ¡Mi sobrina!
—No sé, no sé; no insista. No puedo aceptar su ofrecimiento.
—SÃ, sÃ; es menester.